Rabia

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Años soportando las vejaciones. Ya más de una década aguantando los insultos y descalificaciones de un puñado de malnacidos que…
Desde pequeño, los niños del colegio se burlaban de mí por ser bajito, a veces también por poseer unos incisivos bastante prominentes. Willow, enano, dientes de conejo… son sólo una muestra de tantos improperios que vociferaron aquellos renacuajos. Cosas de niños, decían, pero yo sufría en mi casa cada día que tenía que partir a la escuela; marchar hacia la condena.

Así llegó el día en que llegué al instituto, donde quise renovar mi nombre lejos de aquellos indeseables. Pero no lo conseguí; una serie de despistes en mi afeitado me valieron el sobrenombre de mexicano, por parecerme a Mario Moreno. Esta historia, que pudiera parecer graciosa, no lo fue en ningún modo para mí ni para aquellos que pagarían por todos los demás.
En el siguiente curso, dos o tres muchachos me impusieron el mote de Krasty the Plasty, nunca supe porqué. Fui elegido delegado, y todas esas cosas que les ocurren a los marginados de instituto. Un día se quiso votar un cambio de delegado, pero a la vez todos me votaron a mí; sólo había sido una estratagema para aumentar la mofa y la befa hacia mi persona. La profesora no entendía, no sabía porqué ocurría aquello, no era capaz de percibir que trataban de reírse otra vez de mí. Esa incompetente me sacaba de quicio. Miré atrás y la chica de clase que me gustaba también me votaba y también reía. No soportaba más. Agarré mi mesa con toda mi rabia y saqué de mis brazos delgados una fuerza incontrolable, la levanté por delante de mí y clavé las patas en el vientre de la profesora, cuyo gemido se apagó como una vela mientras me miraba desconcertada y asustada; comprendía que su vida terminaba. Me levanté silla en mano y corrí a la zona trasera de la clase, donde se sentaba el cabecilla de todo aquel plan cruel contra mí; se cubrió con la mesa pero acerté a golpear su cabeza, abriéndole una brecha rojiza. No me cansé de golpearle hasta que perdí el control y clave una pata en su cabeza, que se desangraba y supuraba un fluido transparente. Mientras yo gritaba dominado por la rabia, los demás me miraban y sólo unos pocos trataron de tranquilizarme, pero mis botas golpearon sus rodillas o los tumbaba lanzándome sobre ellos, matándolos después. Había asesinado a cinco personas en unos pocos segundos. Los demás echaron a correr pero fui tras ellos, no quise dejar títere con cabeza. Aunque agarré a dos o tres, lograron escapar de clase, pero yo tenía la llave; ¿recuerda que yo era el delegado? Al final tuvieron que colocar sillas y mesas para bloquearme la salida.

Me sentía derrotado, tenía aun mucha ira dentro de mí y necesitaba desfogarla. Entonces descubrí los cadáveres, con ellos saciaría mi sed de sangre. Rompí ventanas para obtener hojas cortantes con las que sesgar su piel. Me divertí mucho descubriendo los intestinos de uno de ellos, o lamiendo su corazón sangrante. Sus cuerpos mutilados quedaron irreconocibles, sus tendones colgaban de las perchas o utilicé sus dedos como tizas.

Cuando miré a la pizarra, me di cuenta de que la profesora seguía con vida, lo que me maravilló porque quería hacerla sufrir, y los muertos no sufren. Rajé sus hombros y extirpé sus rodillas, así que sus gritos molían mis oídos. Con un cristal le extraje la lengua y la vacié de sangre en su boca, pero seguía chillando; decidí entonces clavarle la llave de la clase en los oídos, para destrozarle los tímpanos.
Estaba agotado de tanta violencia, y quise terminar aplastando su cabeza rubia contra la pared del fondo. Le propiné tal puntapié que sus sesos saltaron por los aires manchando hasta la pizarra y hasta mis ropas, mi chándal del rastro, que por primera vez estaba exento de vergüenza.

Al cabo de unas horas entraron los agentes y me detuvieron, ¿qué más quiere que le cuente?

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