Body Piercing

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Siempre me gustaron los aros. Me dedicaba a hacer piercings en un local de tatuajes.
Todo iba bien, hasta que una noche entró un hombre a mi local, un hombre bastante joven, que tenía muy mala fama. Se decía por ahí que habia violado a varias muchachas, y se dudaba si había matado a alguna de ellas. Lo miré con desconfianza, pero decidí atenderlo; si intentaba algo, yo ya sabría como defenderme.
Despreocupada, me acerqué al mostrador y le pregunté que quería. Dijo que quería hacerse un piercing en la lengua. Lo invité a recostarse a la camilla detrás del mostrador, tapada con biombos. El hombre se recostó y empezó a hablarme de su gusto por los aros y me mostró algunos en sus orejas, en su nariz y en su ceja. Acto siguiente, después de haber desinfectado todo, me acerqué a él, que estaba completamente acostado.
En el preciso momento en que me senté a su lado con las agujas, empezó a temblar. Me dispuse a colocarle el aro, en el medio de su lengua. Al perforarla con la aguja, y colocarle el aro, comenzó a sacudirse. Le dije que se calmara, pero se puso muy agresivo, y empezó a gritar que lo dejara ir. Me corrí, esperando a que se levante para irse, cuando de repente sacó un cuchillo de su cinturón y me lo puso en el cuello. -"Si llegás a gritar, te morís"- me dijo. Me tiró a la camilla que estaba fría y húmeda a causa de su transpiración.
Intentó romperme la remera con el cuchillo y las manos, pero justo en ese momento levanté una pierna y le pegué en los testículos, los que hicieron un sonido crujiente, y lo hice caer al suelo, soltandome a mí... y a su cuchillo. Agarré el puñal y me le tiré encima: -"Ah, si!?"- le grite en un oído, y le clavé el cuchillo en un costado de su abdómen. Lo retorcí adentro de la carne, esperando desgarrar cuanto pudiera, para preocurarme de que el daño fuera bastante. El pobre diablo gritaba como loco, y eso me puso peor; saqué el cuchillo de golpe, y la sangre, nervios retorciéndose y pedacitos de carne de la pared abdominal me calleron encima de la cara y el pecho. ¡Qué asco! Pedazo de boludo, encima no dejaba de gritarme que era una puta, que me iba a matar,... Procedí entonces a levantarlo, haciendo mucha fuerza y dejarlo en la camilla. Como no paraba de moverse y patalear, agarré la bandeja en donde estaba el material para trabajar y se la hundí con todas las ganas en el cráneo, el cuál sono como si quebraran un lápiz. Al menos dejó de delirar. La sangre empezó a brotar despacio de su cabeza, y a caer sobre mis zapatillas, en donde se coaguló a los pocos instantes. Lo até a la camilla con los cables de los esterilizadores, saqué de los cajones varias agujas para perforación y me senté a esperar a que se despertara. Empecé a pensar que estaba muerto, porque tardaba en abrir los ojos, pero todavia respiraba, y el agujero en su abdomén hacía una especie de globitos en la sangre coagulada que había salido. Pero la suerte corría por mi lado, y se despertó de golpe, gritando de dolor, porque uno de los cables pasaba por su herida, apretándola y encarnándose en la carne ya ennegrecida.
Apenas me percaté de que mi bello (¿?) durmiente había despertado, saqué las agujas de sus envoltorios, y procedí a clavárselas en el pecho, una a una, haciéndo presión y golpeándolas con el puño cerrado. Cada punción era un alarido y un chorro de sangre que salía disparada para afuera. Cuando su pecho parecía ya el trabajo de un acupunturista, y me había quedado sin agujas, me dediqué a ponerle aros en todo el cuerpo con la aguja que usé para perforar su lengua: en las piernas, el cuello, la frente, lo que le quedaba libre del pecho, la pija, las manos...
Ya no sabía que hacerle y me acerqué un poco para verlo bien de cerca: un cuerpo semidesnudo, casi amorfo y bañado en sangre, de la cual sobresalían los pedazos de metal de las terminaciones de los aros entre la piel levantada y retorcida con sus respectivas venitas sobresaliendo un poco. Mi imaginación no daba más, hasta que se me ocurrió algo. Me levanté, agarré el aro que tenía en la ceja, y lo arranqué de cuajo, dejándo un espacio desprovisto de piel en su cara, donde claramente podía ver el músculo que latía y se retorcía, al igual que el pedazo de carne que tenía en mi mano junto con el aro. Me agradó bastante esa escena, y decidí hacer lo mismo con el de su naríz. Ese me costó un poco más, pero cedió, dejando una brecha de carne desgarrada, y goteando un líquido rosado, mezcla de sangre y mocos. Los de las orejas fueron los mas simples, solamente tiré y salieron, volando sangre y cartílago por el aire. El más jodido fue el de la pija, que no quería salir, hasta que agarré una pinza y tiré tanto que salió disparada mitad del glande. De su pubis salía todo tipo de fluídos, semen, orina, sangre, todo se entremezclaba y chorreaba con fuerza hacia el piso, ¡Cómo gritó el hijo de puta!...
Una media hora más tarde, ya había terminado de arrancar todos los piercings, y solo quedaba un cuerpo temblando y goteando sangre y demas líquidos ya mencionados. En el piso tenía que esquivar la alfombra de fetas de carne, piel, vello y el glande que por ahi estaban tirados, todo bañado en sangre. El vago todavia respiraba, aunque dificultosamente, y al tratar de respirar sacó su asquerosa lengua, bañada en sangre y saliva pegajosa, ya que no había tragado, mostrando el aro que le había hecho yo hacía 2 horas. Me había olvidado de él con tanta emoción. Agarré el aro por la punta, mientras él sacudía la cabeza y gritaba cosas sin sentido, escupiéndo sangre coagulada. Tiré del metal, arranqué parte de la lengua que se retorcía en mi mano salpicándome, y el estúpido siguió sacudiéndo la cabeza y moviendo la poca lengua que le quedaba sana... No me me gustó esa idea, y agarré la misma pinza de antes, bañada en babasa rosada y la calenté al fuego hasta que se puso al rojo vivo, me acerqué y la metí en su bocaza, haciéndo presión, cauterizando la herida, y al llegar a la base del vestijio de lengua, clavé la pinza y arranqué el gran pedazo de carne sanguinolenta y llena de nervios y ganglios. Ya no iba a joderme más.
Me dolían los brazos de tanto hacer fuerza y decidí regalarle el fin de su sufriento; pateé las partes tiradas en el piso, miré las paredes del inmundo cuartito, y me dió mas bronca. Levanté la bandejita, que se había abollado con el impacto contra la cabeza del pelotudo, la puse contra la tráquea verticalemente , y busqué a tientas algo para ejercer presión. Encontré un estuchecito de metal, y lo puse sobre la bandeja contra su asquerosa nuez. El ruido que hizo fue espeluznante, mezcla de romper una hoja de lechuga, con galletitas. Fue tal el golpe que le puse, que su cabeza salió disparada para atrás, empapandome de sangre, saliva y demás fluídos pegajosos. Los ojos se desorbitaron, y de su boca emanó tremenda cantidad de carne, lengua y demás nervios. Su cuello se deshizo al instante, y la tráquea, moviéndose y soltando sangre, se contrajo de repente y el vago dejó de respirar. Listo, ahora no iba a violar a nadie más.

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